botas ugg precio Una crónica de Afganistán

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Natalia Aguirre Zimerman 2 Entre el 9 de septiembre de 2002 y el 15 de julio de 2003, la autora de este texto permaneció en Afganistán trabajando como ginecóloga de la ONG Médecins sans Frontires. El recuento de sus días, de las penosas condiciones de trabajo y de las terribles condiciones de vida de una sociedad que sólo hemos conocido a través de las crónicas de guerra, constituye no sólo un testimonio de primera mano elaborado con una inteligencia más cercana a nuestras coordenadas gentilicias (la autora es colombiana) sino páginas de excepción para cualquier curiosidad lectora. Así lo explicaban los editores de la magnifica revista El malpensante: “Como Afganistán está en guerra desde hace más de dos décadas y acaba de padecer el fundamentalismo talibán, lo corriente sería encontrar en los microrrelatos que siguen ante todo hechos de sangre y fanatismo. Sin embargo, el lector encontrará la visión de una joven médica paisa, minuciosa, humana e incontaminada por las jergas y los prejuicios típicos de los corresponsales de guerra”. Lo que sigue es sólo un fragmento del texto que ocupó casi toda la entrega 53 de El malpensante. Las fotografías también son de la autora.

Una alfombra mágica moderna

No sé ni por dónde empezarles a contar lo que he visto en los últimos tres días. Salí de París hacia Dubai porque la carretera de Pakistán a Afganistán está muy peligrosa, ya que en estos días es el aniversario del bombardeo sobre Kabul y se teme que ocurran incidentes conmemorativos. Salí con cuatro acompaantes: Petra (una logística holandesa como de mi edad), Yoerguen (un anestesiólogo alemán queridísimo que iba rumbo a Sri Lanka), al que decidimos llamar Yogurt para podernos acordar, Alain (un reportero de MSF) y Katrina (la partera neozelandesa). Desde el check in se vio lo ostentoso de la aerolínea. Los tags para las maletas eran rojos, de plástico grueso, blandito y súper bien diseado. Unas mujeres africanas, negras como el carbón, de 1.90 m de estatura y ropa de colores muy fuertes, con vestidos enormes y tocados como medio tribales en la cabeza. Estas africanas, además de imponentes, tenían una voz de tono muy bajo y miraban con la cara en alto. No tengo ni idea de su nacionalidad pero viajaban solas. Luego vimos toda clase de musulmanas, con toda clase de trapos en la cara y rayones en las manos. Había una especialmente triste. Parecía ser la esposa de un duro saudita, barrigón, de atuendo blanco. Tenía toda la cara cubierta con un velo gris oscuro; las manos, blancas e impecables, adornadas con joyas ultra costosas; los zapatos, de tacón y negros. Detrás de ellos un maletero traía tres french poodles blancos, grandes e impecables, iguales a la duea.

Como era de esperarse, el equipo pasó tranquilo por inmigración, pero como yo tengo pasaporte colombiano y no tenía visa, me sacaron a un lado y se me enfrió todo. Pensé: me van a deportar y mínimo me voy de violada en la prisión local de Dubai. Afortunadamente, un viajero experimentado que me acompaaba les echó el cuento de que era sólo por unas horas y que yo era de un equipo humanitario. La carreta funcionó y me dejaron salir hacia el hotel. Por cortesía de los Emiratos rabes nos alojamos en un hotel lujoso y bastante miamesco (como todo en Dubai, o será que en Miami todo es arabesco?). Cuando el piloto piensa que ya está cerca a la pista, se tira en picada y uno cree que se va a matar. Pero no, todo lo tienen bien calculado para que no nos tumben (por motivos de seguridad uno nunca sabe a qué horas sale o llega, porque los talibanes derriban los aviones a punta de rockets). El avión vuela muy bajito y en el último momento lo aterrizan con una precisión impresionante. Lo primero que uno ve en la pista son los cadáveres de cientos de aviones, y los esqueletos de buses y carros, dispuestos a ambos lados de la pista. Algunos muy oxidados (como si pertenecieran a una guerra pasada); otros parecen recientemente fusilados, y los carros en que viaja la población están premórtem. Cómo describirles la ciudad? Hagan de cuenta que están en Tolú luego de la bomba de Hiroshima, y de que no ha llovido en cuatro aos. Todo es café grisoso (salvo la gente), y la ciudad tiene varicela. Todos los frentes de las casas y edificios muestran cicatrices de los tiros de los Kalashnikov porque como las construcciones son de ladrillo terroso, se les cae el pedazo del lado del huequito.

Nos recibieron los conductores de MSF y nos llevaron a la casa.

La casa es en realidad una serie de edificios que pertenecieron a un hombre muy rico, hace muchos aos, rodeados por un muro alto que impide mirar hacia afuera. Tiene dos pisos. Es un monstruo de casa, de aproximadamente diecisiete cuartos (apenas normal para una familia afgana rica). Tiene ocho baos con agua caliente. Los muebles son de los aos sesenta, y en cada cuarto hay una lámpara enorme de cristal, tipo araa, y un tapete persa. En la biblioteca hay un televisor, grabadora, libros (para mi pesar casi todos en francés), juegos, como billar afgano y Scrabble (pero los franceses no saben bien inglés y no pueden jugar) y rompecabezas.

Ya comencé a trabajar. Hasta hoy me tocó trabajar en ropa prestada porque tenemos restricciones severas de movimiento dentro de la ciudad, e ir al bazar está totalmente prohibido. Así que tuve que conseguir mi primera shwar kamize por medios no muy santos, que no les puedo contar porque la holandesa sabe espaol, el mail es compartido y me hago deportar si me pillan. La ropa es feísima, color mugre (eso lo camufla a uno muy bien en este polvero); gruesa, porque el invierno está por comenzar, y la paoleta gigantesca (según las reglas).

Fui a las tres clínicas que me toca supervisar porque básicamente estoy aquí para supervisar dos servicios de maternidad en dos clínicas que no los tenían y que estaban destruidas. Una ONG alemana las está reconstruyendo, y nosotros nos encargamos de habitarlas y de ponerlas a funcionar y de convencer a la población de que vengan a parir al hospital. La razón básica es que la mortalidad materna en Afganistán es la más alta del mundo: 1.7 por cada cien partos, lo que significa que se muere una de cada 60 mujeres que tiene un hijo! ste es un indicador muy claro de lo mal que viven las mujeres en este país. El promedio de vida de una mujer es de 45 aos, y la mayoría no sabe leer ni escribir. Son unos encantos, no hablan ni una palabra de inglés o francés, pero no importa porque son unos genios para cocinar y ya me los amigué para no pasar trabajos. Todos los días nos tienen una canasta de frutas frescas para el desayuno (melón, uvas, peras, manzanas y bananos), y a las 12:30 venimos de las clínicas y nos tienen pan afgano fresco. ste se llama nan (se pronuncia como nun, o sea monja en inglés). Es largo, aproximadamente de 60 cm, y plano, y de ancho tiene como 20 cm. Lo fabrican en hornos, en las panaderías de las viudas de la guerra, y es como pan árabe pero más oscurito (me sueo con un frasco de queso crema Colanta para untarle). Este pan es multiusos. Sirve solo, como comida en sí mismo; de base, como una arepa, o para envolver carne, como un tamal. De plato fuerte siempre hay carne de res, cabra, cordero y muy ocasionalmente pollo. Todos los días hay ensalada tipo “mi mamá”, o sea, de las que tienen todo medio deshidratado, berenjenudo, tomatudo y pimentonudo. Por ejemplo: el almuerzo de hoy fueron unos seudorraviolis de espinaca cubiertos de carne y queso. Siempre tenemos postre: ayer fue pie de banano con Nutela. Hace dos días fueron cubitos de “queso urraeo” con pedacitos de pistacho y almendras. Hace más días me dieron una réplica exacta de colaciones pero más chiquitas. En el corazón tenían una almendra tostada.

Cualquier cosa que le pedimos a Khan, él nos la consigue en el mercado negro porque Seguridad de MSF nos tiene recluidos en Alcatraz. Khan llega todos los días en bicicleta (único medio de transporte del 99.9% de los kabulíes) con la canasta cargada de encargos que recibimos como si fueran cartas de la novia para un soldado de Vietnam. Lo otro que se come, pero que no he probado porque no me dejan salir a la calle, son los kebabs (pinchos). Estos berraquitos atraviesan cualquier cosa o a cualquiera con un palo y lo ponen a asar. Hay kebabs de carne, vegetales, cebollas, mixtos, etc. No existe. Los afganos son personas de múltiples procedencias. Hay tribus que se originaron en Mongolia, algunas con raíces en lo que ahora es Rusia, y otras se subieron de Pakistán. Cuando uno sale a la calle, ve cuatro tipos de etnias claramente definidas.

Los tajiks (hermosísimos), altos, cejones, con la piel medio clara. Tienen los ojos claros (verdes, azules o miel) y cuando te miran, sientes que te están interrogando. A los nios tajiks yo los miro y los miro y los miro porque tienen en los ojos unas rayitas rojas (en vez de las cafecitas que tenemos los colombianos), que salen desde la pupila, y algunos son pelirrojos.

Los pashtun son oscuros, cejones, muy velludos, con la mandíbula grande y los ojos miel. Vienen de Pakistán y fueron los que dieron origen a los talibanes.

Luego están los hazara, de la zona central de Afganistán, muy discriminados (son de segunda categoría para los demás). Son primos de los mongoles, por lo cual son achinados y no les crece pelo en la cara. Durante el régimen talibán fueron tratados muy mal. Por ejemplo: los talibanes les exigían a los hombres tener una barba que les llegara hasta pecho. Como se podrán imaginar, a los hazara no les crece la barba, entonces en la calle les cascaban por violación de los mandatos. Cómo les parece este castigo?

Para terminar, tenemos a mis favoritos: los kutchis, una rama de los pashtun. Son una tribu nómada de personas muy pequeas pero muy ricas y coloridas que viajan con camellos, cabras, burros y carpas por todo este país y los vecinos. No le responden a nadie por nada. Si los friegan mucho, se van. No cumplen ninguna regla de ningún Estado y se niegan a taparse la cabeza. Aun durante el régimen talibán, las mujeres se resistieron a cubrirse la cabeza. Son medio salvajes pero muy pacíficos. En el ala izquierda de la nariz las mujeres se ponen una areta en forma de florecita, con una piedrita verde en la mitad. Tienen la costumbre de entabacar a los bebés en telas de colores, los amarran con una cuerda dorada y les ponen un sombrerito lleno de bolas. Quedan como unos gusanos.

En estos días me trajeron unos mellicitos, acordonados, hermosos. El gusto kutchi es igual al de Paula, mi hermana, cuando tenía tres aos. Se ponen el mismo día una falda de puntos con una camisa de cuadros con un chaleco dorado. Ninguna tela es ni del mismo color ni del mismo material, pero por alguna razón logran verse hermosos. Adicionalmente son más lindos porque se alimentan con leche de cabra. A la hora de parir, obviamente, las mujeres kutchi no van a los hospitales. Cuentan las parteras que ellas trabajan hasta el minuto del parto, luego del cual se paran, se lavan, entabacan al nio y siguen con sus oficios.

Los afganos son para los franceses una manada de hipócritas, pero para mí son unos sobrevivientes. Mejor dicho, para sobrevivir en esta tierra tan hostil desde todo punto de vista, este pueblo ha desarrollado conductas y estrategias inimaginables. Una especie de malicia indígena. Hoy piensan una cosa y maana otra. O se adaptan o se mueren. Los franceses repiten mucho en el trabajo que a los afganos les toma diez aos aprender cosas (como ven, los franceses son bastante pretenciosos y arrogantes), pero yo pienso que ningún ser humano que haya sobrevivido veintitrés aos en un país en guerra y desértico puede ser ni siquiera moderadamente bruto. Es más, a veces pienso que se burlan de los expats o expatriates (los foráneos) franceses. Tienen una actitud un poquito como cuando uno le dice a alguien: “Sí mijo, sí mijo”, pero en el fondo no tiene ninguna intención de hacer lo que se le está pidiendo. Saben que los expats son temporales y ellos permanentes.

The Kabul Project

Mi grupo se llama Kabul Project, y mi función principal es coordinar la reconstrucción, entrenamiento y puesta en marcha de dos servicios de maternidad en el área rural. La jefa mía, Fariba, es una seora de 55 aos que nació en Irán pero que vive en Australia. Es muy buena gente pero tiene un temperamento durito y vive agarrada de las greas con el jefe supremo, lo cual a mí no me conviene para nada. Los otros de mi equipo no viven en la casa: Matahbbudin, un logístico local súper querido, que parece un muequito; Leilomá, mi intérprete farsi inglés y mi mano derecha; el doctor Khaled, un pediatra afgano, y Leila, la que limpia la oficina.

En la casa vivimos muchos expats. Pero bueno, yo siempre les hablo de los logísticos. Un logístico es alguien que tiene que disear sistemas, aparatos, programas, planes, etc. Tienen que ser capaces de disear desde el plan de evacuación de toda una misión, hasta arreglar la ducha del segundo piso con su respectivo calentador. Con respecto a los franceses, yo ya no sé qué pensar. Son todos como de mi edad pero bastante prepotentes. Evitan mezclarse con los locales. No se baan todos los días, y no propiamente por ecológicos. Fuman y toman trago como condenados. Para complementar este ramillete de virtudes, tampoco son del todo ajenos a otros vicios. Estos manes no pueden creer que yo sea de Colombia (la Meca de los psicotrópicos) y que ni siquiera me tome un trago. Tan de malas que les tocó semejante beata. De todas maneras, por raro que parezca, los colombianos nos parecemos infinitamente más a los afganos que a los franceses. Un afgano es un paisa (recursivo, avispado, hospitalario, medio cauteloso y muy trabajador). Tenemos una buena dotación de ellos.

Olores de la gente, de las flores

Los franceses huelen a grajo, con alcohol, orégano y aliento maanero. Los conductores de los carros huelen a grajo sencillo, y los hospitales a orines (no tienen agua corriente, sino unos tanquecitos en cada consultorio). Los baos de nuestra casa huelen a lo mismo que los franceses, mezclado con berrinche (porque los hombres franceses tampoco le atinan a la taza).

Pero el almuerzo, cuando uno viene de la clínica muerto de hambre, huele a gloria: a pan fresco, a carne asada, a torta en el horno. La otra razón para que la comida sea tan buena es que como el cocinero Zaman lleva tantos aos trabajando en la casa, cada expat le ha enseado su mejor receta. Cuando quiere, nos hace italiano o a veces neozelandés o de pronto carne con papitas (eso, fijo, se lo enseó alguien como yo).

Quién lo creyera, pero a los afganos les encantan las rosas. Hay un fenómeno único y particular en los jardines y es que no son verdes sino grises por el polvero. Lo más lindo es que los rosales son grises pero como las rosas se abren súbitamente y no se alcanzan a empolvar antes de morirse, el jardín parece una postal en blanco y negro a la cual alguien le coloreó las flores con óleos. Las rosas son, además de olorosas, de todos los tamaos y colores imaginables. Razur (mi choquidor favorito) me va a recoger las semillas al final del otoo para llevarlas a Colombia. Nota: choquidor significa vigilante.
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