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La Torre Trump de Panamá tiene forma de vela. Rodeada por edificios en la radiante Punta Pacífica, pretende el efecto de navegar sobre ese océano. Taxistas, vecinos y corporativos la identifican como el Trom, la Torre Trom, el Hotel Trom. Los propietarios del edificio justificaron su decisión en supuestos desmanejos: pagó bonus sin permiso, pasó gastos del hotel como gastos del edificio, se excedió en los gasto del presupuesto y ocultó la información al consorcio.

En noviembre de 2015, Donald Trump presentó ante la Organización Mundial de Comercio (OMC) una demanda por 75 millones de dólares contra los propietarios del edificio panameo ya que considera injusto el despido del administrador y la pérdida del control de la administración. Las dos partes ahora deben convivir y compartir los espacios comunes: las cinco piletas con vista oceánica, el gimnasio, los restaurantes, los 37 ascensores, el hall central, los comercios y otros.

Negocios globales. La crisis de Panamá tiene un efecto leve en la campaa presidencial de los Estados Unidos. Uno de los argumentos del candidato republicano ha sido que su condición de “hacedor de negocios a nivel global” (según su versión, sobre cien negocios que tiene en marcha, el 85% está fuera de los Estados Unidos) ayudará en el diseo de la política exterior. En un artículo sobre sus emprendimientos conflictivos, Bloomberg sealó que en Canadá y Turquía sus socios comerciales se lo quieren sacar de encima y que en Escocia e Irlanda pierde dinero, aunque diga lo contrario.

En América Latina, Trump inauguró esta semana un Hotel Trump en Río de Janeiro en donde planea construir cinco torres para oficinas que valdrán unos 1.800 millones de dólares. En Punta del Este, el edificio de residencias está en plena construcción, y esos mismos inversores levantarían a partir de 2017 una torre de oficinas en Buenos Aires que indicará el ingreso oficial de la marca Trump a la Argentina.

En todos los casos, los desarrolladores locales pagan por usar el nombre Trump, cuya corporación recibe un pago inicial y luego comisiones de las ventas (que van del 5 al 13%), administra los hoteles y audita para que se cumplan todos los procedimientos de la construcción. Trump procura el respaldo de los gobiernos locales con declaraciones públicas y con beneficios impositivos o exenciones. En el caso de Punta de Este consiguió más metros de altura para la construcción del helipuerto del edificio. En el hotel de Río, beneficios impositivos generales por los Juegos Olímpicos 2016.

Trom, you are fired. La Torre Trump de Panamá fue la primera inversión de Trump en América Latina. La idea surgió en 2003 durante el concurso de Miss Universo (una de las franquicias del llamado imperio Trump). Según Forbes, la empresa desarrolladora, Newland International Properties, hizo un pago inicial de 1,2 millones de dólares y luego distintos porcentajes por la venta de departamentos, royalties y alquileres de espacios comerciales. En los Panamá Papers, la corporación Trump aparece ligada con 32 empresas offshore, entre ellas el Trump Ocean Club de Panamá (como se llama también a la torre que incluye el edificio, el hotel y el casino).

En 2013, Newland International Properties, con mayoría de accionistas colombianos, se declaró en bancarrota para negociar su deuda. Aunque eso afectó los montos de licencia de Trump, de acuerdo con documentos judiciales a los que accedimos, la paga a Trump se mantuvo entre 32 y 55 millones de dólares. Los pasivos de Newland, a marzo de 2016, eran de 147 millones de dólares, una pequea mejora frente a los 150,5 millones de dólares de diciembre de 2015, según el último estado financiero presentado por la compaía en marzo pasado y disponible en el sitio de la Bolsa de Valores de Panamá.

La empresa está dejando la ciudad: su teléfono no responde llamadas, en el sitio oficial de la Bolsa figura con cero empleados y sus abogados declinaron opinar para este artículo. La organización Trump quedó en mejor posición. Sólo entre enero de 2014 y julio de 2015, informó que percibió 5 millones de royalties y 896 mil dólares por “pagos de administración”.

Estos números muestran que en América Latina, aun cuando los desarrolladores locales pierdan dinero, Trump gana sin invertir. Los corporativos de la empresa argumentan que arriesgan el prestigio.

Llegar alto. En julio de 2011 Trump viajó a la ciudad de Panamá para inaugurar el entonces edificio más alto de América Latina (la Torre Mayor de Santiago de Chile, 16 metros más cerca del cielo, la desplazó de ese lugar en 2014). Meses antes de que el avión de Trump aterrizara en el aeropuerto de Tocumen, el Consejo Deliberante de la ciudad lo declaró persona no grata por haber dicho en marzo de ese ao que los Estados Unidos entregaron “estúpidamente” el canal a Panamá “a cambio de nada”, en referencia al tratado de 1977 en el que el entonces presidente norteamericano, Jimmy Carter, acordó con su par Omar Torrijos la entrega en 1999.

En la inauguración de la torre, el presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, le dio la bienvenida: “Quiero agradecer a Donald Trump por venir a Panamá, invertir en Panamá y por (hacer) uno de los edificios más importantes y más bonitos”. En esa visita, el billonario debió afrontar complicaciones adicionales: una inundación hizo ardua la llegada y la salida del hotel. Sus corporativos responsabilizan a los obreros que trabajaron en la construcción. Trump no llegó a dormir en la torre que lleva su nombre.

“Fui una de las dos personas a las que el seor “Trom” dio la mano”, cuenta Erica Moreno, directora de Ventas y Mercadeo, en su oficina del hotel días antes de celebrar los cinco aos de la inauguración. En la narrativa Trump, se trata de un emprendimiento familiar con una clara división del trabajo: “El seor ‘Trom’ es el que guía,
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Eric (uno de sus hijos) es el que está a cargo de este proyecto. Ivanka (la hija mayor) diseó los uniformes de los asociados”. Sí, en “Trom” llamamos asociados a los empleados porque trabajamos en equipo y tenemos un lema que mucha gente no conoce: “Nunca conformarse”.

En un reencuentro de gerentes en Manhattan, en mayo de este ao, Moreno se reencontró con el seor Trump. “‘Yo estoy en mi campaa, ustedes vendan habitaciones’, nos dijo porque le encantan esos chistes”. El objetivo que ella fijó para 2016 es una ocupación de 65% al 70% (la mejor parte de la temporada va de diciembre a mayo). En 2011 esperaba cobrar un promedio de 350 dólares por habitación. En 2016, sólo recibe la mitad. Por esa razón, la empresa planea lanzar hoteles de 4 estrellas en el Caribe sin la marca Trump.

En la torre de Panamá los dos bandos en pugna procuran una nueva armonía. “Somos una gran familia e intentamos seguir colaborando a pesar de lo que sucede”, dice Moisés Muoz, responsable de ventas y marketing, en el lobby del hotel. Cuenta que la organización tiene una actitud positiva frente al conflicto: los empleados de las residencias aún reciben entrenamiento de la organización.

Luis Morales, responsable de TOC, la empresa que administra las residencias, asegura que intentarán una salida amigable: “En una reciente asamblea de copropietarios se firmó un acuerdo de no demanda entre las partes (Residencias/Trump Organization). Trabajamos con las operaciones del hotel a beneficio de los copropietarios”. Como primera medida, bajará el precio de las expensas.

En un comienzo, las propiedades de la Torre se ofrecieron a 5 mil dólares el metro cuadrado pero bajaron a 3 mil o 2.500 en los pisos medios, según cuentan los brokers a cargo de ofrecerlos (se vendió el 98% y ya ha empezado la reventa). Uno de ellos, Pedro Sánchez, sostiene que los compradores “hacen buenas inversiones y no les importa lo que diga o lo que deje de decir Trump en campaa”. Su oficina de la Torre Trump se ubica en una larga galería circular junto a comercios de licuados, supermercados, un bar, un spa y un servicio de correo que publicita el envío de cartas a Venezuela.

Colombianos y venezolanos. En una etapa inicial, colombianos y venezolanos encabezaron la lista de los compradores de los departamentos. Por cada frase de Hugo Chávez decían los brokers se levantaba un condominio en Panamá. El boom inmobiliario de la ciudad, en su aspiración de convertirse en una pequea Dubai, resultó pasajero, pero dejó a la ciudad en una situación supuestamente victoriosa: en el top 10 de los edificios más altos de América Latina de 2016, siete se encuentran en la ciudad del canal.

“Es un show de Trom esa demanda: no hay ningún riesgo de que tomen control del departamento”, dice Natalia, una broker, mientras trata de vender un departamento de 153 metros cuadradas en el piso 61 a 630 mil dólares con posibilidad de bajar a 600 mil. Entre sus argumentos de venta, seala la posibilidad de no pagar impuestos por veinte aos, la chance de alquilar con facilidad el departamento por unos 3 mil dólares mensuales y la fuerza de la marca Trump.

El Casino costó 105 millones de dólares. Inaugurado en septiembre de 2014, ocupa dos pisos a nivel del mar y una parte del piso 65. En su demanda ante la OMC, Trump sostiene que el Casino incumplió con los requerimientos contractuales. Representantes del Casino no aceptaron responder para este artículo. Sánchez, el broker que vende residencias Trump, apela a la tesis de la gran familia: “El Casino ayuda a vender las propiedades porque le da flujo al edificio y algunos jugadores compran propiedades”.

La experiencia de la Torre Trump es de altura. En el piso 65, una pequea pileta de un bar de copas y citas balconea sobre el abismo. El primer viernes de julio un DJ no conmovía a los seis clientes que pagaban siete dólares por una botella chica de la cerveza local Balboa (como también se llama al peso de un país dolarizado). Después de dos noches consecutivas de escuchar conversaciones sobre vidas personales en el piso 65, le pregunté a un chico en la barra sobre Trump. Me contestó sobre el tamao de la torre.

En realidad, durante cuarenta y ocho horas esperé conversaciones que nunca ocurrieron: no escuché a nadie hablar del candidato ni de las elecciones. Ni las seoras de 50 en el gym, ni los que celebraron un casamiento y accedían a un menú especial del desayuno buffet, ni el grupo de británicos entregado al juego, ni el par de argentinos interesados en invertir en bienes raíces.

De las cinco piletas dos pretenden ser balcones al Pacífico, como si continuaran en el océano. Entre las mozas de chombas azules diseadas por Ivanka con toallones del mismo color, se puede conseguir una de las lecturas provistas por el Trump Ocean Club: el Digest, una selección de notas del New York Times. El 30 de junio, como cada maana, los que se hospedan recibieron la copia en papel. Ofrece avisos con las actividades del hotel: el brunch dominical por 33 dólares, el servicio 24 horas de Shoe Shine (zapato con brillo) y las combis gratis a los shoppings de la ciudad. En la segunda página del Digest, se incluyó una nota negativa sobre el candidato republicano: “En el Instituto Trump: esquemas de cómo hacerse rico con ideas de otros”. Es un problema de difícil solución para la compaía: mientras critica agriamente a The New York Times en público (llegó a burlarse de un periodista discapacitado del diario), reparte sus notas a los huéspedes del hotel.

La tercera experiencia en altura de la torre panamea es el ascensor vidriado que sube desde el lobby del piso 13 hasta la habitación del huésped. El elevador más original del edificio no tiene vista: transporta mascotas de menos de cien kilos.

El hotel entrega productos sin cargo, como hilo y aguja Trump, y productos de tocador. En el Trump de Miami se puede probar la copa de Trump Chardonnay a 25 dólares, el Empire by Trump agua de toilette, por 62. En el de Las Vegas, las alcancías de chanchitos de Trump, 10 dólares.

Los precios de la habitaciones varían. En Nueva York, la noche cuesta 563; en Chicago, 420 y en Las Vegas se puede conseguir por 165, precio similar al de Panamá. En uno de los canales de televisión, Trump promociona su hotel en Washington DC, que se inaugurará antes de la elección presidencial. El candidato dice:
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